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El proposito de los templos mormones

El proposito de los templos mormones.

Por famcruvar - 4 de Junio, 2008, 21:16, Categoría: El proposito de los templos mormones


¿Por qué tener templos?

Por el presidente Gordon B. Hinckley

¿Ha existido acaso algún ser humano que, en momentos de serena introspección, no haya reflexionado sobre los imponentes misterios de esta existencia?

Habrá alguien que no se haya preguntado: “¿De dónde he venido? ¿Por qué estoy aquí? ¿Hacia dónde voy? ¿Qué nexos me unen a mi Hacedor? ¿Me despojará la muerte de las relaciones de parentesco, de amistad, etc., tan preciadas que he hecho en esta vida? ¿Qué pasará con el parentesco que tengo con mis familiares? ¿Hay otra existencia después de ésta? Y si es así, ¿nos reconoceremos allí?”.

La respuesta a esas preguntas no se encuentra en la sabiduría humana; la respuesta sólo se halla en la palabra de Dios por Él revelada. Los templos de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días son recintos sagrados donde se da respuesta a éstos y a otros interrogantes sobre la eternidad. Cada edificio es dedicado para ser una Casa del Señor, un lugar de santidad y paz completamente apartado del mundo. En ellos se enseñan verdades y se llevan a cabo ordenanzas que nos dan, como participantes, conocimiento sobre lo eterno y nos motivan a vivir con un entendimiento de la herencia divina que tenemos como hijos de Dios, así como con el conocimiento de nuestro potencial como seres eternos.

Estos edificios, a diferencia de los miles de centros de adoración regulares que posee la Iglesia en todo el mundo, son exclusivos y diferentes en propósito y función de cualquier otro edificio religioso. Lo que los distingue no es su tamaño ni su belleza arquitectónica, sino la obra que se lleva a cabo dentro de ellos.

El designar ciertos edificios para ordenanzas especiales, distintas de las que se efectúan en los lugares de adoración regulares, no es una costumbre nueva, puesto que se practicaba en la época del antiguo Israel, cuando el pueblo adoraba regularmente en las sinagogas. Para los israelitas, el lugar más sagrado era, primero, el tabernáculo que tuvieron en el desierto, con el Lugar Santísimo, al cual siguió posteriormente una serie de templos en donde se efectuaban ordenanzas especiales en las que sólo los que reunían los requisitos podían participar.

Lo mismo ocurre en nuestros días. Antes de dedicar un templo, La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días invita al público a visitar el edificio y hacer un recorrido por su interior. Pero, una vez que se dedica, se convierte en la Casa del Señor, investida de un carácter tan sagrado que sólo a los miembros dignos y fieles de la Iglesia se les permite entrar. No se trata de algo secreto, sino de algo sagrado.

La obra que se lleva a cabo dentro de los templos presenta los propósitos eternos de Dios para con el hombre, que es Su progenie y creación. En su mayor parte, la obra del templo concierne a la familia, a cada uno de nosotros como miembros de la familia eterna de Dios y como miembros de una familia terrenal. Además, concierne a la naturaleza santa y eterna del convenio del matrimonio y de las relaciones familiares.

Esta obra testifica que todo ser humano que nace en este mundo es hijo o hija de Dios y viene en parte investido de la naturaleza divina del Padre. La repetición de estas enseñanzas básicas y fundamentales surte un efecto benéfico en los que las reciben, porque, al enunciarse la doctrina en un lenguaje hermoso y solemne, el participante llega a comprender que, por ser todos hijos del Padre Celestial, las demás personas son también miembros de la familia divina y, por lo tanto, todos son sus hermanos.

Cuando el escriba le preguntó a Jesús: “¿Cuál es el primer mandamiento de todos?”, el Salvador le respondió: “...amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente y con todas tus fuerzas. Este es el principal mandamiento.

“Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo” (Marcos 12:28, 30--31).

En las enseñanzas que se imparten en los templos de nuestros días se hace hincapié en este concepto tan fundamental del deber que tenemos para con nuestro Hacedor y para con nuestro prójimo. Las ordenanzas sagradas profundizan este concepto ennoblecedor de la familia de Dios y enseñan que el espíritu que hay en cada uno de nosotros es eterno, en comparación con el cuerpo, que es mortal. Estas ordenanzas no sólo hacen comprender mejor esas grandes verdades, sino que también motivan al participante a amar a Dios y a demostrar mayor bondad para con los demás hijos de nuestro Padre.

El aceptar el concepto de que el hombre es hijo de Dios nos hace ver que hay un propósito divino en esta vida mortal; esta verdad revelada también se enseña en la Casa del Señor. La vida terrenal forma parte de un peregrinaje eterno; vivimos como hijos espirituales antes de venir a la tierra, y las Escrituras nos dan testimonio de ello. La palabra del Señor a Jeremías testifica: “Antes que te formase en el vientre te conocí, y antes que nacieses te santifiqué, te di por profeta a las naciones” (Jeremías 1:5).

Venimos a esta vida como hijos de padres mortales y miembros de una familia. Los padres son copartícipes con Dios en la obra de llevar a cabo Sus propósitos eternos con respecto a Sus hijos. Por consiguiente, la familia es una institución divina, la más importante tanto en la vida terrenal como en la eternidad.

Gran parte de la obra que se realiza en los templos concierne a la familia. Para comprender su significado, es esencial reconocer el hecho de que existimos como hijos de Dios antes de nacer en este mundo y de que también continuaremos viviendo después de la muerte, de que las relaciones de parentesco, de amistad, etc., tan preciadas y felices de esta tierra, de las cuales las más hermosas y significativas se encuentran en el seno familiar, continuarán en el mundo venidero.

Los matrimonios que asisten a la Casa del Señor y participan de las bendiciones que allí se imparten son unidos no sólo por el tiempo que dure su vida terrenal, sino también por toda la eternidad. Están ligados no sólo por la autoridad de la ley del país que los une hasta la muerte, sino también por el eterno sacerdocio de Dios, que ata en los cielos lo que se ata en la tierra. Los cónyuges que se hayan casado de esa manera cuentan con la seguridad que da la revelación divina de que el vínculo que los une el uno al otro y a sus hijos no se disolverá con la muerte, sino que continuará por la eternidad siempre que vivan dignos de tal bendición.

¿Habrá algún hombre que verdaderamente ame a una mujer, o una mujer que verdaderamente ame a un hombre, que no desee con todo su corazón que su relación continúe más allá de la tumba? ¿Ha habido padres que al enterrar a un hijo no hayan anhelado recibir la seguridad de que éste volvería a pertenecerles en el más allá? ¿Puede alguien, que crea en la vida eterna, dudar de que Dios no concedería a Sus hijos e hijas el atributo más preciado de esta vida, que es el amor que halla su expresión más viva en las relaciones familiares? No. La razón exige que esas relaciones familiares continúen después de la muerte. El corazón humano las anhela y el Dios de los cielos ha revelado la manera de lograrlo. Las ordenanzas sagradas de la Casa del Señor proporcionan ese medio.

Sin embargo, todo eso parecería muy injusto si las bendiciones de esas ordenanzas sólo estuvieran al alcance de los que ahora son miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Lo cierto es que la oportunidad de asistir al templo y de participar de sus bendiciones está al alcance de todo aquel que acepte el Evangelio y se bautice en la Iglesia. Por ese motivo, la Iglesia lleva a cabo un vasto programa misional en gran parte del mundo y continuará expandiéndolo tanto como sea posible, porque tiene la responsabilidad, delegada por revelación divina, de enseñar el Evangelio “a toda nación, tribu, lengua y pueblo”.

Pero hay incontables millones de personas que han vivido en esta tierra sin haber tenido la oportunidad de escuchar el Evangelio. ¿Se les negarían acaso las bendiciones que se ofrecen en los templos del Señor?

Estas mismas ordenanzas están disponibles para los que han partido de esta vida, por medio de representantes vivos que las reciben en nombre de los que han muerto. En el mundo de los espíritus, esas personas que han muerto tienen la libertad de aceptar o rechazar las ordenanzas que se hayan efectuado por ellas en la tierra, entre las que se cuentan el bautismo, el matrimonio y el sellamiento de los parentescos familiares. En la obra del Señor no existe la compulsión, pero sí la oportunidad.

Esta obra vicaria constituye una labor de amor sin precedentes por parte de los vivos para el beneficio de los que han muerto. Para llevar a cabo la labor de esta obra vicaria es necesario realizar una vasta investigación de historia familiar, a fin de buscar el nombre y los datos de los que vivieron antes que nosotros. Con objeto de ayudar en esta investigación, la Iglesia coordina un programa de historia familiar y se ocupa del mantenimiento de instalaciones de investigación de historia familiar que no tienen comparación en el mundo. Sus archivos genealógicos están abiertos al público, y muchas personas que no son miembros de la Iglesia los han utilizado para buscar datos de sus antepasados. Este programa ha recibido el elogio de genealogistas de todas partes del mundo, y varias naciones lo han empleado para salvaguardar sus propios registros. Pero su propósito principal es poner a disposición de los miembros de la Iglesia las fuentes de consulta necesarias para buscar el nombre y los datos de sus antepasados y hacerles llegar las bendiciones de las que ellos mismos gozan. De hecho, muchos piensan: “Si yo quiero tanto a mi cónyuge y a mis hijos que deseo tenerlos conmigo eternamente, quizás mis abuelos, bisabuelos y otros antepasados tengan el mismo anhelo. Entonces, ¿por qué no han de tener ellos la oportunidad de recibir estas mismas bendiciones eternas?”.

Y por ello, estos sagrados edificios son escenario de una enorme actividad que se lleva a cabo silenciosa y reverentemente. Nos recuerdan parte de la visión de Juan el Revelador en la cual está registrada una pregunta en particular y su respuesta: “¿...Estos que están vestidos de ropas blancas, ¿quiénes son, y de dónde han venido? . . .

“...Estos son los que han salido de la gran tribulación, y han lavado sus ropas, y las han emblanquecido en la sangre del Cordero.

“Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo...” (Apocalipsis 7:13--15).

Los que asisten a estas casas de santidad se visten de blanco para participar en las ordenanzas. Van únicamente con la recomendación de sus autoridades eclesiásticas locales, que certifican su dignidad. Se espera que, para entrar en el Templo de Dios, vayan con pensamientos puros, limpios de cuerpo y con ropas limpias. Al traspasar el umbral, es preciso que dejen atrás al mundo y se concentren en las cosas divinas.

El hacerlo así lleva en sí su propia recompensa; porque en estos tiempos de tantas tensiones, ¿quién no recibiría con los brazos abiertos la posibilidad de alejarse del mundo y entrar en la Casa del Señor, para meditar allí serenamente sobre las cosas eternas de Dios? Estos recintos sagrados ofrecen la oportunidad, que no se encuentra en ningún otro lugar, de aprender sobre los conceptos verdaderamente importantes de la vida y de meditar en ellos: nuestra relación con la Deidad y nuestra jornada eterna desde un estado preterrenal a esta vida y luego a un estado futuro en el que nos reconoceremos los unos a los otros y estaremos juntos, incluso con nuestros seres queridos y con nuestros antepasados que nos han precedido y de quienes hemos heredado todo lo pertinente al cuerpo, a la mente y al espíritu.

Ciertamente, estos templos se destacan como únicos entre todos los edificios. Son casas de instrucción. Son casas de instrucción, lugares de convenios y promesas. En sus altares nos arrodillamos ante Dios, nuestro Creador, y recibimos la promesa de Sus bendiciones sempiternas. En la santidad de sus salas nos comunicamos con Él y reflexionamos sobre Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, el Señor Jesucristo, que sirvió de representante de cada uno de nosotros en el sacrificio vicario que llevó a cabo en nuestro beneficio. En ese lugar, dejamos a un lado el egoísmo y servimos a aquellos que no pueden participar por sí mismos. En esos recintos, con el verdadero poder del sacerdocio de Dios, se nos liga en la más sagrada de todas las relaciones humanas: como marido y mujer, como padres e hijos, como familia, con un sellamiento que el tiempo no puede destruir y que la muerte no puede truncar.

Estos edificios sagrados se han construido aun en los tiempos difíciles cuando los santos sufrieron una persecución implacable. Se han construido y mantenido tanto en épocas de pobreza como en tiempos de prosperidad. Han surgido de la fe vital de un gran número de personas que va en aumento constante y que testifican del Dios viviente, del Señor resucitado, de los profetas y de la revelación divina, así como de la paz y seguridad de las bendiciones eternas que sólo se encuentran en la Casa del Señor.

“Por esto están delante del trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo...” (Apocalipsis 7:13--15).

Los que asisten a estas casas de santidad se visten de blanco para participar en las ordenanzas. Van únicamente con la recomendación de sus autoridades eclesiásticas locales, que certifican su dignidad. Se espera que, para entrar en el Templo de Dios, vayan con pensamientos puros, limpios de cuerpo y con ropas limpias. Al traspasar el umbral, es preciso que dejen atrás al mundo y se concentren en las cosas divinas.

El hacerlo así lleva en sí su propia recompensa; porque en estos tiempos de tantas tensiones, ¿quién no recibiría con los brazos abiertos la posibilidad de alejarse del mundo y entrar en la Casa del Señor, para meditar allí serenamente sobre las cosas eternas de Dios? Estos recintos sagrados ofrecen la oportunidad, que no se encuentra en ningún otro lugar, de aprender sobre los conceptos verdaderamente importantes de la vida y de meditar en ellos: nuestra relación con la Deidad y nuestra jornada eterna desde un estado preterrenal a esta vida y luego a un estado futuro en el que nos reconoceremos los unos a los otros y estaremos juntos, incluso con nuestros seres queridos y con nuestros antepasados que nos han precedido y de quienes hemos heredado todo lo pertinente al cuerpo, a la mente y al espíritu.

Ciertamente, estos templos se destacan como únicos entre todos los edificios. Son casas de instrucción. Son casas de instrucción, lugares de convenios y promesas. En sus altares nos arrodillamos ante Dios, nuestro Creador, y recibimos la promesa de Sus bendiciones sempiternas. En la santidad de sus salas nos comunicamos con Él y reflexionamos sobre Su Hijo, nuestro Salvador y Redentor, el Señor Jesucristo, que sirvió de representante de cada uno de nosotros en el sacrificio vicario que llevó a cabo en nuestro beneficio. En ese lugar, dejamos a un lado el egoísmo y servimos a aquellos que no pueden participar por sí mismos. En esos recintos, con el verdadero poder del sacerdocio de Dios, se nos liga en la más sagrada de todas las relaciones humanas: como marido y mujer, como padres e hijos, como familia, con un sellamiento que el tiempo no puede destruir y que la muerte no puede truncar.

Estos edificios sagrados se han construido aun en los tiempos difíciles cuando los santos sufrieron una persecución implacable. Se han construido y mantenido tanto en épocas de pobreza como en tiempos de prosperidad. Han surgido de la fe vital de un gran número de personas que va en aumento constante y que testifican del Dios viviente, del Señor resucitado, de los profetas y de la revelación divina, así como de la paz y seguridad de las bendiciones eternas que sólo se encuentran en la Casa del Señor.